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Apdepnur Guillermo

Por Guillermo Apdepnur

Comparar los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner y Javier Milei exige algo más que poner dos columnas de números. Las dos administraciones recibieron países diferentes, atravesaron circunstancias distintas y aplicaron recetas económicas prácticamente opuestas.

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También hay una dificultad adicional: Cristina gobernó entre 2007 y 2015 y luego fue vicepresidenta durante el gobierno de Alberto Fernández. Milei asumió en diciembre de 2023, después de cuatro años en los que la Argentina atravesó una pandemia, una fuerte expansión del gasto y de la emisión, controles cambiarios, inflación creciente y una pérdida importante de reservas.

Por eso, la pregunta no debería ser quién «hizo todo bien» o quién «hizo todo mal». Los datos no permiten una respuesta tan sencilla.

Lo que sí permiten es reconstruir qué país recibió cada uno, qué cambió durante sus gobiernos y cuál fue el costo de esas decisiones.

Cristina recibió una economía con margen y terminó con menos margen

Cuando Cristina Kirchner asumió la Presidencia, en diciembre de 2007, heredó de Néstor Kirchner una economía que todavía conservaba varios de los beneficios de la recuperación posterior a la crisis de 2001-2002.

Había superávit fiscal, un nivel elevado de reservas y una relación de deuda con el producto que venía reduciéndose. La economía crecía y el desempleo se encontraba muy por debajo de los niveles de la crisis.

Durante los primeros años de su gestión hubo una mejora social significativa. Bajaron la pobreza y el desempleo y aumentó el empleo privado registrado. La primera mitad de la década kirchnerista fue, en términos económicos, bastante diferente de la segunda.

El problema aparece con mayor claridad cuando se observa cómo llegó el país a 2015.

La inflación continuaba en niveles elevados. El resultado fiscal había pasado de superávit a déficit. Las reservas internacionales habían caído de manera considerable y el Banco Central terminó el período con una posición externa mucho más frágil.

El propio Fondo Monetario Internacional señaló posteriormente que a fines de 2015 las reservas brutas rondaban los USD 25.600 millones y que las reservas netas habían descendido aproximadamente a cero.

No significa que los ocho años de Cristina hayan sido un fracaso económico. Esa conclusión tampoco surge de los datos.

Significa algo más concreto: el modelo consiguió importantes mejoras sociales, particularmente durante el primer mandato, pero perdió progresivamente capacidad fiscal y externa durante el segundo.

Ese deterioro es relevante porque una economía puede sostener durante un tiempo determinados niveles de consumo, gasto público y actividad utilizando los recursos acumulados previamente. La dificultad aparece cuando esos recursos empiezan a agotarse.

Y eso fue, en buena medida, lo que ocurrió hacia 2014-2015.

El período Alberto Fernández cambia la fotografía

La comparación se vuelve más compleja después de 2015.

Mauricio Macri gobernó entre 2015 y 2019 y luego Alberto Fernández asumió la Presidencia con Cristina Kirchner como vicepresidenta. Ese período no puede colocarse simplemente dentro del balance de Cristina como si ella hubiera sido la responsable institucional de todas las decisiones del Poder Ejecutivo.

Pero tampoco puede ignorarse.

La administración Fernández recibió una economía ya debilitada y, pocos meses después, enfrentó la pandemia de COVID-19. La emergencia obligó a aumentar el gasto público, sostener empresas y trabajadores y financiar un shock económico extraordinario. Esa parte del deterioro no puede analizarse como si hubiera ocurrido en condiciones normales.

La pandemia, sin embargo, tampoco explica por sí sola todo lo sucedido entre 2019 y 2023.

Antes de la pandemia ya existían desequilibrios. Y después de la emergencia sanitaria continuaron problemas como la inflación, el déficit, la pérdida de reservas y las restricciones cambiarias.

Al terminar 2023, la fotografía era particularmente complicada.

La inflación anual alcanzó el 211,4% y la pobreza del segundo semestre llegó al 41,7%.

El Banco Central informó que las reservas internacionales brutas se encontraban alrededor de USD 21.000 millones al 11 de diciembre de 2023 y que las reservas netas, descontando distintos pasivos y obligaciones, eran negativas en unos USD 11.200 millones.

Es decir que Milei no recibió simplemente una economía con «problemas».

Recibió una economía con una inflación que había dejado de ser un problema anual para convertirse en un problema cotidiano, un Banco Central con reservas netas negativas y una estructura de precios y controles que requería una corrección.

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Milei eligió una estrategia completamente diferente

El punto de partida de Milei fue, en varios aspectos, mucho peor que el que había enfrentado Cristina en 2007.

Pero la respuesta también fue diferente.

El nuevo gobierno colocó el equilibrio fiscal en el centro de su programa. Redujo el gasto, eliminó partidas y subsidios, modificó el esquema cambiario y procuró cortar la financiación monetaria del déficit.

El resultado más visible hasta ahora es la reducción de la inflación.

En agosto de 2026 el IPC aumentó 1,7% mensual, muy lejos de las tasas mensuales que se observaban durante la crisis de 2023.

También se produjo una recomposición de las reservas brutas. El BCRA informó que cerraron agosto de 2026 en USD 48.259 millones.

Y el frente fiscal cambió de signo.

Durante 2026 el Estado nacional continuó registrando superávit financiero. En el primer trimestre, por ejemplo, acumulaba un resultado financiero positivo equivalente a aproximadamente 0,2% del PBI y un superávit primario cercano a 0,5%.

Esto representa una diferencia sustancial respecto de la situación fiscal con la que terminó el ciclo kirchnerista y, sobre todo, respecto de la situación que recibió Milei en 2023.

Pero la estabilización tiene un costo que tampoco puede ocultarse.

El problema que todavía no está resuelto: el trabajo

La principal dificultad del programa de Milei aparece cuando se abandona el balance del Estado y se mira el mercado laboral.

El desempleo era de 5,7% al inicio de la gestión y llegó al 7,9% en el segundo trimestre de 2026, según el INDEC.

La actividad económica también mostró señales de debilidad. En julio de 2026 el EMAE cayó 2,9% en términos desestacionalizados respecto de junio, aunque la tendencia-ciclo presentó una variación positiva.

La pobreza, en cambio, ofrece una lectura más compleja. Después del fuerte aumento producido durante la primera etapa del ajuste, el indicador descendió. En el primer semestre de 2026 se ubicó en 32,3%, frente al 41,7% registrado en el segundo semestre de 2023.

Eso significa que tampoco sería correcto describir el período de Milei solamente como una sucesión de costos sociales. Hay una mejora concreta en pobreza respecto del punto de partida.

Pero tampoco sería correcto concluir que la estabilización ya está consolidada en todos los frentes. La actividad, el empleo y el poder de compra continúan siendo variables decisivas para determinar si el cambio macroeconómico termina transformándose en una mejora sostenida de las condiciones de vida.

Dos gobiernos, dos problemas diferentes

La comparación permite observar algo que muchas veces queda oculto detrás de la discusión política.

Cristina recibió una economía con problemas, pero con margen de maniobra. Milei recibió una economía con desequilibrios mucho más profundos.

Cristina terminó 2015 con indicadores sociales mejores que los de 2007 en varios aspectos importantes. Había menos desempleo y menor pobreza. Pero también dejó una situación fiscal y externa más comprometida que la que había recibido.

Milei, en cambio, recibió una inflación extraordinariamente elevada, reservas netas negativas y un déficit fiscal importante. Hasta ahora consiguió algo que parecía difícil al comienzo de su mandato: transformar el déficit fiscal en superávit y reducir drásticamente la velocidad de aumento de los precios.

La contracara está en el mercado laboral y en la actividad.

Por eso las dos experiencias no deberían medirse con una única vara.

Si el criterio es la disciplina fiscal, la transformación realizada por Milei hasta ahora es clara.

Si el criterio es la evolución del empleo y determinadas variables sociales durante el período completo de Cristina, el balance es diferente.

Si se observa la inflación, la diferencia es mucho más contundente: Cristina terminó su segundo mandato con una inflación elevada y Milei recibió una inflación extraordinariamente alta que logró reducir de manera significativa.

Y si se mira la posición del Banco Central, también existe una diferencia importante: Milei recibió reservas netas negativas y posteriormente logró una recuperación significativa de las reservas brutas. Pero reservas brutas y reservas netas no son equivalentes y no deberían utilizarse indistintamente.

La cuestión de la deuda tampoco admite una lectura sencilla

Hay otro indicador que suele utilizarse políticamente de manera demasiado simplificada: la deuda pública.

El porcentaje de deuda sobre PBI puede cambiar considerablemente por movimientos del tipo de cambio, inflación y valuaciones contables. Por eso no es correcto interpretar una reducción del ratio como si el Estado hubiera cancelado físicamente una proporción equivalente de sus obligaciones.

El propio Estado mantiene una serie mensual de deuda pública bruta que permite seguir la evolución con mayor precisión.

En el caso de Milei, además, hay que incorporar un elemento que no existía de la misma manera al final del gobierno de Cristina: el regreso al financiamiento del Fondo Monetario Internacional.

No es, por sí mismo, una prueba de éxito o fracaso. Un acuerdo con el FMI puede aportar financiamiento y reservas durante un proceso de estabilización. Pero sí modifica la estructura financiera del país y, por lo tanto, forma parte del balance que deberá hacerse cuando termine el mandato.

La deuda externa: una diferencia central entre Cristina y Milei

Hay una diferencia que suele perderse cuando se comparan solamente déficit, inflación y reservas: la forma en que cada gobierno consiguió financiamiento externo.

Cristina Kirchner asumió en 2007 después de que Néstor Kirchner hubiera cancelado anticipadamente, en enero de 2006, toda la deuda que Argentina mantenía con el Fondo Monetario Internacional. Fueron alrededor de USD 9.800 millones.

Durante los ocho años de Cristina, Argentina no volvió a tener un programa de asistencia financiera con el FMI.

Eso no significa que el país no tuviera deuda externa. La tenía con otros acreedores y, después del default de 2001, la relación con los mercados internacionales permaneció condicionada por el conflicto con los holdouts. Pero existe una diferencia concreta: el Estado argentino terminó 2015 sin deuda con el Fondo Monetario Internacional.

La situación de Milei es diferente.

El Gobierno recibió en diciembre de 2023 una economía sin reservas netas y con dificultades para acceder al financiamiento voluntario. Para estabilizarla recurrió nuevamente al financiamiento internacional y, en abril de 2025, el FMI aprobó un nuevo programa para Argentina por aproximadamente USD 20.000 millones, dentro de un paquete financiero más amplio.

Ese financiamiento permitió fortalecer las reservas y darle al Banco Central mayor capacidad para enfrentar las obligaciones externas y el mercado cambiario.

Pero también generó una obligación que antes no existía: la Argentina volvió a aumentar su exposición directa al Fondo.

Esto no debería presentarse automáticamente como un fracaso. Un préstamo internacional puede ser utilizado para atravesar una crisis de liquidez, fortalecer reservas y permitir que una economía se estabilice. La pregunta relevante es qué ocurre después: si el financiamiento externo sirve para ganar tiempo mientras la economía genera dólares genuinos y recupera el acceso normal al crédito, o si simplemente posterga el problema.

Por eso hay una diferencia importante entre ambos modelos.

El kirchnerismo de la primera década del siglo XXI construyó buena parte de su estrategia financiera alrededor del desendeudamiento con organismos internacionales. La administración Milei, en cambio, utilizó nuevamente el crédito externo como una de las herramientas centrales de su programa de estabilización.

Y aquí aparece una paradoja.

Milei recibió menos reservas y una situación externa mucho más frágil que la que Cristina había recibido en 2007, pero está utilizando nuevamente deuda externa para reconstruir esa posición.

Cristina terminó con reservas considerablemente menores que las que había recibido y sin deuda con el FMI.

Milei consiguió aumentar las reservas y reducir fuertemente la inflación, pero lo hizo dentro de una estrategia que volvió a incorporar al FMI como acreedor.

Por eso no alcanza con decir que «Milei aumentó las reservas» o que «Cristina no se endeudó».

Hay que mirar simultáneamente reservas, deuda externa, deuda con el FMI, déficit fiscal y capacidad de generar dólares propios.

Recién ese conjunto permite saber si la mejora de la posición externa es estructural o depende todavía de financiamiento prestado.

La herencia política también importa, pero no debe confundirse con la responsabilidad económica

Hay una cuestión institucional que tampoco debería desaparecer del análisis.

El gobierno de Alberto Fernández, con Cristina Kirchner como vicepresidenta, estuvo atravesado por fuertes conflictos políticos, denuncias y controversias institucionales. La pandemia agregó una circunstancia extraordinaria que alteró las cuentas públicas y la vida económica del país, pero no explica por sí sola todas las decisiones adoptadas durante esos cuatro años.

Tampoco sería serio atribuir automáticamente a Cristina Kirchner cada decisión de Alberto Fernández. La responsabilidad constitucional por la conducción del Poder Ejecutivo correspondía al Presidente.

Lo que sí puede afirmarse es que Cristina fue una figura central de aquella coalición de gobierno, llegó a la Vicepresidencia con una enorme influencia política y formó parte de la fórmula que gobernó el país entre 2019 y 2023.

Por eso ese período debe formar parte del contexto político que precede a Milei, aunque no deba confundirse con sus dos presidencias anteriores.

La comparación que queda abierta

La verdadera prueba de Milei todavía no está completamente escrita.

Reducir una inflación de más de 200% anual es un logro macroeconómico importante. Conseguir superávit fiscal después de años de déficit también.

Pero estabilizar una economía no alcanza si el crecimiento no genera empleo suficiente, si la inversión no se sostiene y si la mejora fiscal no termina traduciéndose en una recuperación persistente del ingreso de las familias.

Cristina, por su parte, demostró que una economía puede combinar durante varios años crecimiento, reducción de la pobreza y creación de empleo, pero también mostró los límites de sostener políticas expansivas cuando se deterioran las cuentas públicas, las reservas y el acceso al financiamiento.

Las dos experiencias dejan, en ese sentido, una enseñanza incómoda para cualquier gobierno: la Argentina puede mejorar algunos indicadores mientras deteriora otros.

Ese es precisamente el motivo por el cual una comparación seria no debería terminar diciendo que uno de los dos gobiernos fue simplemente «bueno» y el otro «malo».

La discusión más útil es otra.

Cristina dejó en 2015 una economía con mejores indicadores sociales que en 2007, pero con menos margen fiscal y externo.

Milei recibió en 2023 una economía considerablemente más desequilibrada en inflación y reservas, consiguió una corrección fiscal y monetaria profunda y hoy muestra una inflación mucho menor y una posición de reservas más sólida, pero todavía enfrenta el desafío de convertir esa estabilización en crecimiento, empleo y mejora sostenida del ingreso.

El resultado final de Milei recién podrá juzgarse cuando termine su mandato en diciembre de 2027.

Hasta entonces, cualquier afirmación sobre cómo «dejará» la Argentina es una proyección. Los datos disponibles permiten evaluar lo ocurrido hasta ahora. No permiten escribir todavía el último capítulo.