Guillermo Bellingi, exsubdirector de la Procuración General de la Nación durante la gestión de Alejandra Gils Carbó, fue encontrado muerto el 1 de septiembre en Villa Elisa. Faltaban exactamente 21 días para el comienzo del juicio oral por la compra del denominado “Petit Hotel”. La primera hipótesis es el suicidio. Pero el momento y el contenido de la causa abren interrogantes que la Justicia deberá despejar.
La muerte de Guillermo Alfredo Bellingi vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que en la Argentina tiene un peso especial: ¿qué ocurre cuando una persona vinculada a una causa judicial sensible muere poco antes de tener que declarar?
Bellingi tenía 55 años. Había sido subdirector general de la Procuración General de la Nación durante la gestión de Alejandra Gils Carbó y tenía un papel importante en el proceso administrativo relacionado con la compra del edificio de Perón 667, conocido como el “Petit Hotel”.
El inmueble fue adquirido por la Procuración en 2013 por $43.850.000. La investigación federal, iniciada años después, puso bajo sospecha el proceso licitatorio y la posibilidad de que la operación hubiera sido direccionada de antemano.
El expediente también investigó la participación de Juan Carlos Thill, medio hermano de Bellingi, quien habría recibido unos $3 millones en concepto de asesoramiento vinculado con la operación. El fiscal Eduardo Taiano había señalado en 2017 el papel que Bellingi tuvo dentro del procedimiento administrativo.
El juicio comenzaba el 22 de septiembre
El Tribunal Oral Federal N.º 8 fijó para el 22 de septiembre de 2026 el comienzo del juicio oral. Estaba previsto que declararan alrededor de un centenar de testigos.
Los acusados originales eran Alejandra Gils Carbó, Guillermo Bellingi, Juan Carlos Thill, Bárbara Jaureguiberry y Adrián González Fischer. Con la muerte de Bellingi, la acción penal en su contra queda extinguida y el debate continuará respecto de los otros cuatro.
Bellingi fue encontrado muerto el 1 de septiembre, en Villa Elisa, con una herida de arma blanca en el tórax.
La primera hipótesis de los investigadores fue el suicidio. En el lugar fueron encontrados sus efectos personales y el arma blanca. Las primeras informaciones señalaron que no presentaba otras lesiones ni signos evidentes de defensa. La investigación de su muerte continúa.
Y aquí aparece la parte más difícil de ignorar.
Murió exactamente tres semanas antes de comenzar el juicio en el que debía responder por su participación en una operación que llevaba años bajo investigación.
Eso, por sí solo, no demuestra un asesinato.
Pero tampoco es un dato que una investigación seria pueda pasar por alto.
La pregunta que queda abierta
No hay, hasta ahora, evidencia pública que permita afirmar que Bellingi fue asesinado para impedirle declarar. Tampoco está demostrado que estuviera dispuesto a revelar una trama de corrupción o a comprometer a otras personas.
Era, además, uno de los acusados, no un testigo protegido ni un arrepentido.
Pero tenía conocimiento directo de una operación que estaba a punto de ser juzgada y su muerte impidió que pudiera dar su versión de los hechos ante el tribunal.
Por eso deberán analizarse en profundidad la autopsia, la mecánica de la herida, las pericias sobre el arma, las cámaras de seguridad, su teléfono, sus comunicaciones y sus movimientos durante las horas previas a su muerte.
Una única herida de arma blanca tampoco permite, por sí sola, concluir que hubo homicidio o suicidio. Esa determinación corresponde a la evidencia forense y a la reconstrucción de la escena.
El fantasma de Nisman
El paralelo con Alberto Nisman resulta inevitable, aunque los casos no sean iguales.
Nisman apareció muerto en enero de 2015, poco antes de presentarse ante el Congreso para exponer su denuncia vinculada con el atentado a la AMIA y el supuesto encubrimiento.
Actualmente, la Fiscalía sostiene que Nisman fue víctima de un homicidio relacionado con su trabajo como fiscal.
En Bellingi, en cambio, esa conclusión no existe. La hipótesis investigativa inicial apunta al suicidio.
La similitud está en otra parte: en ambos casos, una persona relacionada con una investigación judicial de enorme sensibilidad muere cuando estaba a punto de producirse una instancia procesal relevante.
Y en un país marcado por el caso Nisman, es lógico que esa coincidencia despierte sospechas.
Pero una sospecha no es una prueba.
La Justicia tendrá que determinar si estamos frente a un suicidio, como indican las primeras hipótesis, o si detrás de la muerte de Bellingi existe algo más.
Por ahora hay una certeza y una pregunta.
La certeza: Guillermo Bellingi murió el 1 de septiembre, 21 días antes del juicio.
La pregunta: ¿por qué?
La respuesta no debería surgir de la política ni de las especulaciones. Deberá surgir de las pericias y de la investigación.

