
Esta mañana me levanté con una idea dando vueltas en la cabeza: ¿puede el comunismo ser un arma para recuperar la democracia y, después, convertirse en un obstáculo para ejercerla?
Parece una contradicción, pero creo que tiene sentido.
A veces, cuando un pueblo vive bajo una dictadura o un régimen que no le permite elegir, la revolución aparece como una salida. La izquierda revolucionaria tuvo ese papel en distintos momentos de la historia. Se enfrentó a gobiernos que no dejaban otra posibilidad de cambio y prometió terminar con la opresión. En esas circunstancias, la lucha podía tener una razón de ser.
Pensemos en Cuba. En 1959 cayó la dictadura de Fulgencio Batista. Para muchos cubanos fue una esperanza. La posibilidad de terminar con un régimen autoritario y construir un país distinto, con menos desigualdad y más justicia social.
Hasta ahí, uno puede entender el sentido de aquella revolución. Pero después viene la otra parte de la historia, la que me interesa: ¿qué pasa cuando los que llegaron para terminar con una opresión se acostumbran al poder y ya no quieren soltarlo?
Cuba terminó convertida en un sistema de partido único, donde no existe una competencia electoral nacional entre partidos que permita reemplazar al gobierno. La revolución siguió adelante, pero la posibilidad de elegir otra alternativa política quedó limitada.
Y entonces pienso en una escena muy nuestra.
Invito a alguien a mi casa. Pongo la pava, saco unas facturas y nos sentamos a tomar mate. El invitado llega con un arma y la deja sobre la mesa. Me explica que la trae para defendernos, porque hay gente que quiere entrar y quedarse con la casa.
Bueno, puedo entenderlo. Si existe un peligro, habrá que defenderse.
Pero pasan los años. Ya no hay nadie intentando entrar. Podemos conversar, discutir, elegir cómo queremos vivir. Sin embargo, el arma sigue ahí, en el medio de la mesa.
Le pregunto por qué no la guarda y me contesta que la revolución todavía no terminó.
Y ahí está el problema. ¿No terminó porque todavía hay algo que cambiar o porque el que tiene el arma necesita seguir siendo revolucionario?
No es lo mismo.
Me viene a la cabeza el Che Guevara. Después del triunfo de la Revolución cubana, se fue a impulsar otras experiencias revolucionarias, primero en África y después en Bolivia, donde murió en 1967. Su vida estuvo marcada por esa idea de llevar la revolución más allá de Cuba. Se le atribuyen frases sobre la necesidad de continuar haciendo revoluciones, aunque no todas las que circulan como suyas tienen una procedencia comprobada.
Y me pregunto: ¿qué pasa cuando la revolución deja de ser un camino para alcanzar algo y se convierte en una necesidad en sí misma?
Hay otra idea que se me ocurrió y que llamaría, para ponerle un nombre, la dopamina del caos.
Lo digo en sentido figurado. Hay dirigentes y organizaciones políticas que parecen necesitar el conflicto para funcionar. Siempre tiene que haber una pelea, un enemigo, una batalla por librar. Eso mantiene a los propios unidos, les da una causa y les permite sentirse parte de algo trascendente.
El problema aparece cuando la calma empieza a ser incómoda. Cuando resolver un conflicto no alcanza y enseguida hace falta otro. Cuando no se puede vivir sin estar enfrentado con alguien.
Porque, si la identidad de un movimiento depende de la lucha permanente, ¿qué hace cuando ya no tiene contra quién luchar?
Busca otra pelea.
Y esto no es patrimonio del comunismo ni de la izquierda. También ocurre en sectores de derecha y en otros espacios políticos. Cambian las banderas, los discursos y los enemigos elegidos, pero la lógica puede ser la misma: mantener a la sociedad en tensión porque, sin conflicto, se pierde protagonismo.
La Argentina también tiene algo para decir sobre esto. Venimos de años de violencia política, de organizaciones armadas, de enfrentamientos y de una dictadura militar que cometió crímenes atroces. El 10 de diciembre de 1983, con la asunción de Raúl Alfonsín, recuperamos el gobierno constitucional.
No fue obra de una sola persona ni de una sola organización. Fue un proceso histórico mucho más amplio, con una sociedad que quería dejar atrás la dictadura y recuperar el derecho a elegir.
Y para mí, ahí hay una enseñanza que no deberíamos olvidar.
Una vez recuperada la democracia, las armas tenían que dejar de ser una herramienta de la política. No porque todos los problemas estuvieran resueltos, sino porque habíamos recuperado algo fundamental: la posibilidad de discutir, protestar, organizarnos y cambiar de gobierno mediante el voto.
Si un gobierno no me gusta, trabajo para que gane otro. Si una medida me perjudica, la cuestiono. Si creo que el país está tomando un rumbo equivocado, intento convencer a los demás. Para eso está la democracia.
Lo que no puedo pretender es que mi causa sea tan importante que me permita pasar por encima de las reglas que valen para todos.
Y acá vuelvo a la mesa del principio.
Si te invito a tomar mate, no necesito que pienses como yo. Podés ser comunista, socialista, liberal, conservador o no tener ninguna etiqueta política. Podemos discutir toda la mañana. Lo que no puede pasar es que uno de los dos se crea dueño de la casa y decida quién tiene derecho a sentarse.
El arma pudo haber sido necesaria en un momento. Pero si el peligro ya pasó y el invitado se niega a guardarla, entonces hay que preguntarse si todavía está protegiendo la casa o si pretende controlar a quienes viven en ella.
Creo que esa es la contradicción de algunas revoluciones: nacen con una promesa de liberación y terminan justificando su permanencia en el poder con la misma amenaza que les dio origen.
Y hay algo más. A veces, quienes protagonizan una lucha terminan confundiendo la causa con su propia identidad. Ya no saben cómo seguir si no están combatiendo algo. No conciben que la sociedad pueda cambiar, que aparezcan otros problemas o que la gente quiera tomar un camino diferente.
El peligro aparece cuando quienes empuñaron las armas para terminar con una opresión necesitan que la revolución nunca termine, porque confunden la causa que defendieron con el derecho a permanecer en el poder.
No sé si existe una respuesta sencilla para todo esto. Pero sí creo que hay una diferencia entre luchar para que un pueblo pueda elegir su destino y pretender decidir por ese pueblo para siempre.
La democracia no garantiza que todo salga bien. Tampoco garantiza que gane quien nosotros queremos. Lo que garantiza, cuando sus instituciones funcionan, es que podamos volver a intentarlo sin tener que recurrir a las armas.
Por eso, cuando el mate está servido y las facturas están en la mesa, prefiero conversar. Discutir, incluso enojarme. Pero conversar.
Y si alguna vez tuvimos que poner un arma sobre la mesa para defender la casa, que llegue el día en que podamos guardarla.
Porque la revolución puede abrir la puerta de la democracia. Lo que no puede hacer es cerrarla después para quedarse con la llave.


